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Estaba claro que Esperanza Aguirre tenía un plan. Un plan que empezó a fraguarse en septiembre del 2012, cuando anunció su dimisión de la Comunidad de Madrid. En ese momento lo justificó por problemas de salud y para pasar más tiempo con su marido y sus nietos, aunque siguió manteniendo su puesto de presidenta del Partido Popular en Madrid.

En esa época, los casos de corrupción empezaban a aflorar, y, curiosamente, apenas 4 meses después, el periódico El Mundo publicaba los famosos papeles del tesorero, iniciando el Caso Barcenas, el caso de corrupción que destapó los sobresueldos a la cúpula del PP y la contabilidad paralela del partido.

Esperanza Aguirre nunca había caído bien en algunos sectores del partido, y Rajoy había elegido a su archienemigo Alberto Ruiz Gallardon para Ministro, en lugar de a ella, así que se desmarca de ellos, se postula como la única dirigente que no está salpicada por la corrupción y durante tres años, los de más desgaste del gobierno y del PP, ella se mantiene en segunda fila, manteniendo su imagen impoluta. Además contraataca con noticias como sus seis medidas contra la corrupción, proponiendo cosas que dejan en muy mal lugar a Rajoy y compañía.

Apenas tres años después de su retirada, cuando ya ve que Rajoy está amortizado como candidato, vuelve a surgir, postulándose como alcaldesa de Madrid. Ya había pasado demasiado tiempo con sus nietos y su marido, debía ser.

A pesar de lo que ella asegura, por encima de todo eso planea su mayor ambición, ser la primera mujer presidenta del Gobierno de España. Pero hay varios escollos que empiezan a complicarle las cosas.

En primer lugar, su altercado con los guardias de movilidad tras aparcar en zona prohibida en la Gran Vía, y salir huyendo. No pudo evitar que le saliera la actitud chulesca que la caracteriza, mezclada con esa mentalidad de señorita bien que cree que todos deben estar a su servicio.

En segundo lugar, el descubrimiento de la Operación púnica, donde su mano derecha y protegido Francisco Granados, era el centro de una trama de corrupción que implicaba a multitud de ayuntamientos y empresas por el pago de comisiones ilegales a cambio de la concesión de obras públicas. Ella intentó darle la vuelta y usarlo a su favor, pidiendo disculpas por haber confiado en él y presentándose como víctima de un engaño, pero el mal ya estaba hecho.

Y en tercer lugar, y como consecuencia de todo esto, el batacazo en las elecciones municipales del domingo. Un buen resultado en el Ayuntamiento de Madrid le habría servido para demostrar que ella, y solo ella, podía ser la salvadora del PP, tras el previsible batacazo de Mariano Rajoy en las Elecciones Generales de Noviembre de este año. Su cara, tras los resultados en Madrid, donde ha sido la fuerza más votada por poco y donde, presumiblemente, ni siquiera con pactos podrá gobernar, no se debía solo a no poder ser alcaldesa, sino también, a ver esfumarse su sueño de ser la Presidenta de España, caudilla del liberalismo y el espíritu conservador. Única capaz de dirigirnos a nosotros, pobres ilusos, hacia el porvenir.

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