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Debo reconocer que no creo en Dios. Por lo tanto, no creo en la resurrección ni en la vida eterna. En cambio, tengo claro que después de la muerte seguimos vivos en el recuerdo de todas aquellas personas en las que, de algún modo, hemos influido en vida, y mientras es poco probable que exista un juicio final, son nuestros actos los que convertirán esos recuerdos en buenos, malos o imborrables.

La bondad, la nobleza y todas las veces que hemos tendido la mano a un amigo o ignorado a un enemigo, serán nuestra defensa en el verdadero juicio final que celebra cada una de las personas que dejamos aquí al morir.

Ayer enterré a mi tío Julián. Para mí no era un tío; era el tío.  Por eso vivirá conmigo, en mi memoria, hasta que yo también deje de tener recuerdos propios.

Pensar en Julián es recordar inevitablemente las caminatas en el pueblo en busca de moras silvestres. Si bien es cierto que si ahondo un poco aparece alguna imagen menos agradable, pues, como todos, también su vida tuvo algún claroscuro. Se habla mucho de las consecuencias de la heroína en los 80 y 90, pero muy poco de los estragos del alcohol en las generaciones de los 30 y 40. Afortunadamente aquello quedó atrás y esos recuerdos quedan muy diluidos en el tiempo.

Desde que yo tenía siete u ocho años, y durante muchos más después, cada verano en el pueblo, mi tío me miraba con sus grandes gafas, su pelo corto, sus pantalones de vestir, zapatos y camisa, -era como su uniforme, aunque a veces podía prescindir de la camisa- y me decía: “¿qué?, Patri, ¿nos vamos a por moras?”. Yo saltaba como un resorte, cogía el cubito que tenía mi abuela debajo del grifo de la puerta y salía a su lado más contento que un pajarito en primavera.

14Ir a por moras era como una pequeña aventura que se convirtió en una tradición. Junto a mi tío, así, con sus pantalones y sus zapatos, saltábamos cercas de ganado para llegar a las zarzas menos accesibles y por tanto, con más posibilidades de no haber sido ya esquilmadas. En busca de las más grandes y negras, era habitual que algunas espinas enganchasen la planchada camisa de mi tío, a lo que él siempre respondía: “¡Vamos suelta, que soy Julián!”. Y yo siempre me reía, porque siempre me ha hecho gracia este humor absurdo tan español, tan de Tip y Coll.

A la vuelta, con el cubo tan lleno de moras como nuestros estómagos, mi tía se enfadaba con él porque ya se había manchado la camisa: “¡Vamos este hombre, es que no tiene cuidao”. Y yo me quedaba mirándolos ensimismado mientras se peleaban, como si fuera una escena de Matrimoniadas. Yo creo que alguna vez Jose Luis Moreno debió verlas y se inspiró, pero lo hizo fatal; las peleas de mis tíos eran mucho más divertidas.

Con la edad, mis ausencias muchos veranos por trabajo y su piernas que ya no le permitían saltar cercas, los paseos por el campo fueron cada vez menos frecuentes. En los últimos años, lo que me gustaba era hablar con él. Siempre había sido muy cabezón, cualidad que se agudizó con la edad, por lo que la conversación se convertía en ver cómo podía dar mi opinión sin pretender contradecir la suya, aunque siempre acababa claudicando. Si yo llego a los ochenta y siete años, espero que también me dejen opinar lo que me de la gana.  A esa edad, creo que uno se ha ganado ese derecho.

Al igual que los hindúes vierten las cenizas de sus fallecidos en el agua eterna del río, yo quería dejar constancia de mis recuerdos, en los que vive mi tío Julián, en este mar infinito que es la red de redes.

Las moras nunca más tendrán el mismo sabor.

Adiós tío Julián.

Patricio Jiménez

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