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Gran persona debió ser el primero que escribió aquello de ¡Dios qué buen vasallo, si tuviera buen señor! y es que si hace dos siglos aquel Don Mariano José de Larra cantaba las penas que nos han caído por ese pecado mortal llamado pereza, bien pienso hoy que la democracia nos ha acercado en horario y esfuerzo a nuestros vecinos extranjeros y que, nuestro mayor mal ahora, no es el vago sino el jefe sin cabeza.

Estas reflexiones hacía yo por casualidad no hace muchos días, cuando me llegó un correo electrónico de un amigo que vivía en la otra parte del mundo, advirtiéndome de la visita de un camarada suyo que venía a nuestro país por primera vez a resolver unos asuntos. No podía rechazar la petición de este buen amigo al que hacía tanto que no veía, y recibí de buen grado a su camarada extranjero cuando se presentó en mi casa. Era de los que piensan que nuestra patria está llena de personas que frecuentan las tertulias de los cafés junto con escritores y artistas, como si en todos los barrios hubiera un Dalí o un Cela al igual que hay una fuente o una plaza. También podría haber sido de  aquellos que creen que todos aprendemos en la escuela toreo y flamenco, junto a matemáticas y conocimiento del medio; pero no, era de los primeros.

Asuntos sobre una antigua propiedad familiar, una pequeña pero obligada reforma para evitar el derrumbe y la creación de una empresa para invertir dinero traído desde su patria eran los motivos que le habían conducido hasta aquí.

Acostumbrado a la actividad natural de su lugar de origen, me aseguró seriamente que no tenía la intención de permanecer mucho tiempo, unas dos semanas a lo sumo, que era lo que consideraba que podrían llevarle sus asuntos. Como aquel hombre simpático me había caído bien, traté de disuadirle:

– Mirad- le dije, intentando usar un vocabulario lo más parecido posible al español que él había aprendido- Vos venís pensando que en quince días estaréis listo para volver a vuestra patria, pero yo os aseguro que no habréis solventado nada hasta al menos seis meses.

– ¡Cómo! – exclamó sorprendido- eso no es posible. Mañana por la mañana hago la solicitud en el registro de la propiedad, al mediodía lo buscan y por la tarde me dan toda la información legal. Al día siguiente busco una buena empresa de reformas que se encargue de los permisos necesarios y en un par de días empiezan una pequeña obra necesaria para que no se caiga el muro de la fachada. En una semana tengo todo eso resuelto, así que al día siguiente doy de alta la empresa para empezar a invertir en el país y aún me quedan seis días para disfrutar un poco de los cafés de Madrid.

No pude reprimir una suave sonrisa de asombro, aunque me tuve que tragar una carcajada que era lo que en realidad me venía bullendo en el estómago desde hacía un rato.

– Tal día como hoy, dentro de seis meses, os invitaré a comer, pues aquí seguiréis – dije con suficiencia.

No se podía imaginar mister Kidman (que ese era su nombre) el calvario que iba a vivir a partir de ese momento.

El registro de la propiedad fue el primer escollo. Tras una mañana haciendo cola, una funcionaria muy simpática nos dijo educadamente que no nos podía atender sin cita previa. A pesar de que mister Kidman señaló acertadamente que él era el último de la fila, la educada contestación que recibió es que las normas no permitían atender a nadie sin cita por “criterios de eficiencia”.

Hasta una semana después no pudimos presentarnos de nuevo con cita pero con la misma cola, y esta vez un funcionario con cara de haber dormido poco, no esa noche, sino en general, tuvo que preguntar a un compañero que nos contestó:

– Esto es sobre una propiedad muy antigua, tendría que verlo el jefe de sección, pero el jefe no está.

– ¿Y qué podemos hacer?

– Vuelva usted mañana, pero pregunte antes.

– ¿Y la cita?- preguntamos al unísono.

– Ah, no pasa nada, vengan al mostrador y pregunten.

Durante una semana más, la respuesta fue siempre la misma, el jefe no está. Aunque, ya un poco avergonzado, uno de los funcionarios nos entregó un pequeño papel arrugado con un número de planta y un nombre. Era el subdirector.

– El jefe no está- nos dijo su secretaria entre un montón de papeles.

– Grandes trabajos estará realizando- dije yo- y, ¿dónde está?.

– Con el jefe de sección, son familia, cuñados.

– ¡Vaya! una familia de estadistas- respondió sorprendido mister Kidman.

– El subdirector es un cargo de confianza y el jefe de sección un enchufado- contestó la secretaria con cara de circunstancia- déjeme la solicitud aquí y cuando venga, la pasaré a firma.

Tres semanas más tarde, con un puente de calendario  incluido (más largo que cualquiera que hubiese podido cruzar jamás mi compañero extranjero), el cargo de confianza seguía sin aparecer, mientras los funcionarios de ventanilla nos recibían, día sí y día también, para comprobar cómo iba nuestro asunto. Más de un día pudimos comprobar cómo acudían a su puesto con rostro febril, el moco colgando y tos desagradable. Como el roce hace el cariño, y a fuerza de vernos ya éramos como hermanos, nos contaron sus miserias:

– Es que si falto por un resfriado me quitan el día de sueldo- decían con el pañuelo en la mano y la nariz roja.- Y encima hay que hacer el trabajo de ese, el que parece que siempre tiene sueño, que es tan vago que no cogería mil euros del suelo por no agacharse.

– ¿Y por qué no se le despide?

– Para echar a un funcionario el subdirector tendría que trabajar.- y no consideró necesario continuar la frase.

-¡Qué país singular!, ¡vaya administración!- clamaba mister Kidman- ¡dónde se desprotege al enfermo, se protege al vago y los cargos se aprovechan de la confianza!.

Por fin consiguió la firma y pudo cambiar los datos de su propiedad, pero nada fue a mejor con la restauración. Por meses se contó la consecución de los permisos y después, a pesar de gastar mucho dinero en un jefe de obra con mucha experiencia pensando que así terminaría antes y mejor, se encontró que en cada visita a la casa solo había dos jovencitos que no podrían tener diez años de experiencia a menos que hubiesen empezado a poner ladrillos antes que a salirles los dientes. Durante semanas, ante la misma pregunta siempre la misma contestación, el jefe no está.

– ¿Para esto he echado yo un viaje tan largo? Seis meses escuchando que el jefe no está, da igual que sea un cargo público o una empresa privada, da igual si se paga mucho o se paga poco, el jefe nunca está. Debe haber una conspiración de algún vecino que no quiere verme aquí, ni que consiga lo que he venido a hacer.

– ¿Conspiración, mister Kidman? No hay persona tan poderosa como para poder urdir una conspiración de este tamaño. La corrupción y la mediocridad son la verdadera conspiración. Tras años de mala prensa, los funcionarios han visto recortados sus viejos privilegios mientras los políticos dedicaban gran parte de las arcas públicas a rodearse de ineptos cargos de confianza puestos a dedo.

– ¿Por qué no rodearse mejor de funcionarios que sepan hacer bien su trabajo?

– Porque los funcionarios y los empleados públicos son molestos ya que no le deben su trabajo a nadie. Ellos son los que emiten ese informe negativo sobre especulaciones urbanísticas que acaba en el cajón del secretario general o que denuncian irregularidades en las cuentas de las empresas públicas dirigidas por el amigo del ministro.

– ¿Y los empresarios?, ¿qué me dice de los empresarios?, no es, en parte, pereza.

– Es mediocridad, pues son capaces de utilizar el mismo esfuerzo en hacer las cosas mal que en hacerlas bien. Un jefe mediocre se rodeará de empleados mediocres y preferirá pan para hoy que chorizo para mañana.

– Malas razones me da usted para continuar con mi último asunto e intentar montar una empresa en este país.

– ¿De verdad desea pasar otra vez por las firmas del jefe?- dije sorprendido- Andamos por el puesto 82 en facilidad para abrir un negocio.

– ¿Es posible?

– ¿No me habéis de creer nunca? Acordaos de los quince días…

Un gesto de mister Kidman me hizo entender que no le gustaba aquel recuerdo.

Así, después de medio año largo, tuvo que esperar otras dos semanas por la tradicional huelga de controladores en Navidad antes de poder conseguir un pasaje para su país de origen, a donde partió sin mirar atrás.

¿Tendrá razón, querido lector (si es que has llegado hasta aquí) mister Kidman en hablar mal de nosotros? ¿Qué podemos esperar de un país que no valora el trabajo bien hecho? Muchas veces he visto despedir a un jefe que por exceso de celo obligaba a trabajar a su superior o a un científico brillante marchar a entregar su talento a una nación extranjera por la ineptitud de un jefe de departamento. Mal nos va, si no hemos sabido resolver un mal que resumió con tanto acierto el  Cid Campeador.

Patricio Jiménez.

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